La boda de Meghan Markle con el príncipe Harry marca un antes y un después dentro del férreo protocolo inglés

Los que amablemente me leéis a diario, quizá os sorprendiera comprobar como ayer, precisamente ayer, no escribí nada. La razón es que, para variar, decidí tomarme el día libre para poder estar pegada frente al televisor y disfrutar de la boda del príncipe Harry y de Meghan Markle sin tener que estar paseándome del salón al despacho.

Recuerdo que al abrir los ojos, me asomé a la ventana y vi que el día se había levantado nublado. Para mi sorpresa, en Inglaterra hacía un día radiante. ¡Empezábamos bien! La campiña inglesa estaba espectacular de bonita. El mes de mayo es siempre cuando el campo está más verde. Al ser sábado, los ingleses se habían echado a la calle enarbolando banderitas o vestidos ellos mismos de la Union Jack.

Con puntualidad inglesa el príncipe Harry y su hermano el príncipe Guillermo llegaron a la capilla de San Jorge en el castillo de Windsor donde los invitados ya habían tomado asiento. Ambos iban vestidos con el uniforme del ejército del aire, que para algo son pilotos.

Las dos entradas de la capilla habían sido adornadas con una instalación floral parecida a esas que utilizan como photocall las grandes marcas del lujo. La reina llegó vestida con un alegre vestido de flores a juego con un abrigo pistacho y un sombrero del mismo tono adornado con flores y plumas en color púrpura. Una elección arriesgada pero que a ella le sienta como un guante. Llegó acompañada por su marido, que para tener 97 años y haber sido operado recientemente de la cadera estaba más que bien.

Inmediatamente después llegaron tres coches con los pajes. En uno iba Kate Middleton con la princesa Charlotte y una de las ahijadas del príncipe Harry. Sorprendentemente Kate iba muy parecida a como iba el día del bautizo de Charlotte – abrigo de entretiempo de color crema de Alexander McQueen con tocado ladeado adornado con flores de tela tono sobre tono de Philip Treacy. Iba perfecta, como siempre, pero me dejó con una extraña sensación de déjà-vu. Probablemente lo haya hecho con toda intención, para no restar ni un ápice de protagonismo a la novia.

En los otros dos coches iban la Jessica Mulroney, la estilista y gran amiga de Meghan con sus hijos y otras damitas, y en el tercer coche la última mamá con el resto de los pajes. A las 12:59 h llegaba el coche de Meghan a quien acompañaban los gemelos hijos de Jessica ataviados con el mismo uniforme del ejercito del aire que los hijos del duque de Gales, en miniatura.

Personalmente he de decir que cómo se notaba que el ascendente de María Teresa Borrallo de Turión no llega más allá de la familia Middleton. Lo digo porque los niños iban mucho más monos vestidos de moda española en la boda de Pippa Middleton. El vestidito de las niñas no tenía ninguna gracia, y no las favorecía en absoluto.

Meghan que había hecho la mayor parte del viaje en compañía de su madre, la dejó justo a la entrada el recinto del palacio de Windsor, donde un coche la recogió y la depositó en una de las entradas laterales de la capilla para que pudiese acomodarse discretamente en el sitio que le habían reservado justo en frente de la reina.

Momento que nos sirvió para comprobar que Doria Ragland no iba vestida de Burberry sino con un vestido verde manzana a juego con un abrigo, tono sobre tono, con estilizados bordados en blanco a la altura de la falda diseñado por Fernando García y Laura Kim para Oscar de la Renta. En vez de sombrero o pamela, optó por seguir el ejemplo de su hija y se cubrió la cabeza con un casquete ladeado haciendo juego. Para adornarse, unos pendientes de brillantes a juego con un discretísimo colgante y… ¡con un piercing en la nariz!

Cuando vi a Meghan bajarse del coche me llevé una gran impresión porque, salvando las distancias, nuestros vestidos de novia eran prácticamente iguales. El suyo tenía el escote barco un poco más pronunciado, pero el resto era todo igual: manga francesa, con cola y confeccionado en un mikado de seda del mismo tono. Un modelo de la diseñadora inglesa Clare Waight para Givenchy. Hasta el recogido era igual, solo que yo llevaba el pelo hacia atrás. Lógicamente yo no llevaba la tiara de la reina Mary (bisabuela del novio), ni ese velo tan larguísimo bordado con flores pertencientes a los 53 estados de la Commonwealth. Yo me puse una mantilla color crema de mi abuela.

Como os decía al principio, a Meghan solo la acompañaban los gemelos quienes hicieron muy bien su papel llevándole el larguísimo velo para que pudiese subir los tres tramos de escaleras que conducían a la entrada de la capilla. Un momento que nos permitió disfrutar de la que probablemente sea una de las fotos más bonitas e impactantes de la boda.

El paseíllo de Meghan en solitario al entrar en la capilla, con un haz de luz que entraba por una de las vidrieras iluminándola, y avanzando sola ante la atenta mirada de los invitados a la boda me recordó mucho a esa escena de la película «Sonrisas y Lágrimas» en la que María hacia lo propio hasta encontrarse con el capitán Trump.

En el caso de Meghan, el príncipe de Gales se unió a ella en el último tramo para entregarla a Dios, como manda la tradición. El príncipe Harry que había procurado matar los nervios de la espera bromeando con su hermano Guillermo, enmudeció y solo acertó a decirla que estaba guapísima cuando su padre le entregó su mano.

Mientras tanto, el príncipe Guillermo cedió su sitio a la novia y fue a sentarse cerca de su mujer Kate Middleton, sentando a Camilla en el centro para que no se sintiese desairada. Seguro que Lady Di asistió a toda esta escena con una sonrisa.

Dicen que el príncipe Harry madrugó por la mañana para entregar a la florista flores blancas del White Garden construido en honor a su madre en Kensington Palace para que en el ramo de novia estuviesen las flores que más gustaban a la princesa de Gales. Esto no deja de ser una anécdota fabulada porque el príncipe Harry no durmió en Kensington Palace, pero no dudo que la florista respetase los gustos florales de Lady Di y de la familia real inglesa a la hora de confeccionar el ramo.

El caso es que el ramo era una composición de flores blancas entre las que había lirios del valle, dulces William y jacintos. El ramo contenía también tallos de un mirto plantado en Osborne House, Isla de Wight, por la Reina Victoria en 1845, y una ramita de una planta cultivada a partir del mirto utilizado en el ramo de boda de la Reina en 1947.

Lo más impactante de la boda fue la homilía del obispo Michael Curry, el primer líder negro de la Iglesia episcopal, elegido por Meghan. Su apasionado estilo impactó a los británicos asistentes al evento. Además, el detalle de predicar con un iPad, de hacer referencia a las redes sociales y de nombrar a Martin Luther King en dos ocasiones tampoco pasaron desapercibidos.

Tan vehemente fue su alocución que su mensaje no dejó indiferente a nadie. Las que ya no pudieron evitar las risas fueron las primas del novio, las princesas Beatriz y Eugenia. Entonces fue cuando me fijé en el rictus serio de la reina.

No olvidemos que ella es la cabeza de la iglesia anglicana, y que hasta ese día las paredes de esa capilla no habían oído unas palabras más altas que otras, ni tampoco los cánticos en de un coro gospel compuesto solo por gente de color.

Después de intercambiar sus votos y de darse el sí quiero, los novios se ausentaron unos momentos para ir a la sacristía para firmar. Momentos en los que un violoncelista llamado Sheku Kanneh-Mason (19 años), elegido ex profeso por el príncipe Harry, aprovechó para entretener a los presentes con algunas áreas de Gabriel Fauré, Schubert et Paradis.

Al terminar la ceremonia, los novios salieron de la capilla y detrás de ellos su familia directa: el principe de Gales, la duquesa de Cornualles, la madre de Meghan, el príncipe Guillermo, su mujer Kate Middleton y sus dos hijos, lo que propicio otra preciosa foto de familia para el recuerdo.

Los recién casados se subieron al landó que la reina suele utilizar para ir a las carreras del Royal Ascot, una carroza descapotada que permitió a los novios darse una vuelta por las calles de Windsor y aprovechar para saludar a todas las personas apostadas para verlos pasar.

El día se acabó con la imagen de los novios saliendo del castillo de Windsor donde iban a pasar la noche vestidos para la fiesta que el príncipe Carlos iba a celebrar en su honor. Para la ocasión, Meghan cambió su vestido de novia de Givenchy por uno más liviano y vaporoso en crêpe de seda de Stella McCartney confeccionado a la medida y con cuello halter.

La novia lucía en el dedo una espectacular aguamarina talla esmeralda. Un anillo que perteneció a Lady Di y que, probablemente Harry regaló a su recién estrenada mujer como regalo de bodas.

Harry también cambió su uniforme del ejercito del aire por un smoking con pajarita. Juntos se subieron a un descapotable vintage (un Jaguar E-Type Concept Zero) cuya matrícula hacía referencia a la fecha del enlace ( «E190518», 19 de mayo 2018), y emprendieron camino hacia la fiesta.

Nos hemos enterado de que la flamante duquesa de Sussex ha hecho llegar el bouquet de flores que la acompañó durante todo el día de ayer a la Abadía de Westminster para honrar la tumba del soldado desconocido.

Frogmore House, el lugar donde el príncipe Carlos iba a dar una recepción en honor de los recién casados solo para doscientas personas, está a sólo una milla del castillo de Windsor. Toda la familia y los invitados llegaron al lugar sobre las 19:30 h (hora local).

Después de un emotivo discurso… de la novia, quien agradeció a la familia real el haberle dado una bienvenida tan cordial, el comediante James Corden fue el alma de la velada: cantó, bailó, e hizo chistes ofreciendo una actuación digna de la hasta ahora reputación del príncipe Harry como bala perdida.

El príncipe Guillermo, con la ayuda de Tom Inskip y Tom Van Straubenzee (los dos mejores amigos de Harry desde tiempos de Eaton) realizaron un discurso tan conmovedor como burlón haciendo mención al pasado turbulento del novio. E incluso hicieron referencia al cóctel de jengibre y ron que aparecía en el menú, y al que habían bautizado con el nombre de «Cuando Harry conoció a Meghan».

Por lo visto, el primer baile de los recién casados fue «I Wanna Dance With Somebody (Who loves me)» de Whitney Houston, la canción preferida de Meghan. A las 23:00 h la fiesta se terminó con un gran espectáculo de fuegos artificiales, aunque hay quien dice que algunos continuaron la fiesta en el cuartel de bomberos de Chiltern y en una mansión de Chelsea.

14
4 Comentarios
  • María
    mayo 20, 2018

    Estaba deseando leer tu crónica. Gracias!

    • admin
      mayo 21, 2018

      ¡Muchas gracias a ti por tus comentarios!

  • Teresa
    mayo 21, 2018

    Muy bonito todo pero yo me quedo con el anillo de Lady Di 😉

    • admin
      mayo 21, 2018

      Ja, ja, ¡Yo también me sacrificaría gustosa!

Responde

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *